Clavícula

Una mañana, de regreso a casa en un avión, a Marta Sanz le empieza a doler algo. Así comienza"Clavícula".
Clavícula es escribir del dolor transitándolo, tratando de entender qué nos duele y porqué y Marta Sanz, su autora, escribe aquí del cuerpo y desde el cuerpo. Habla de médicos y médicas, de diagnósticos y de la falta de ellos. Habla de medicamentos, de insomnios, de incomprensiones propias y ajenas, de la incapacidad para hallar un lenguaje preciso que explique qué nos está pasando, del egoísmo, de la culpa, de la pérdida, de la compañía y del amor.
Y todo esto apoyado en enumeraciones asombrosas, con un ritmo rápido que quieres leer despacio, con párrafos extensos, cortos y  muy cortos, que te pinchan como un insulto.
La autora nos cuenta el periplo de su dolor que es también, el dolor de todas. Palabras prohibidas como fibromialgia (que debe ser tan rara que hasta el autocorrector de blogger me la pone en rojo) o menopausia, se abren paso en esta historia que leo a finales de agosto cuando estoy triste, con ganas de llorar a cualquier hora y cansada, pese a mis sueños "maratonianos" que, sin embargo, no me llenan de la necesaria energía.

También yo, como Marta, quiero hacer un alto en mi vorágine vital y seleccionar mejor, con más calma al menos, los trabajos que acepto y a los que no digo NO, para poder mantenerme en equilibrio (Sanz lo define mejor cuando lo llama estilito de vida). Quiero estar delgada y no envejecer, aunque en la práctica no me da la gana realizar el sobresfuerzo que ello me supondría y que se sumaría al esfuerzo que, por añadidura, ya hago a diario con todo lo demás. Quiero que me deseen aunque solo sea para poder rechazar. No quiero tener más hijos, cierto, pero siento una pena honda y oscura en un lugar indeterminado porque cada vez es menos probable que eso vuelva a suceder. Me quejaría por todo y de todo, cada día un rato, aunque sé que soy una privilegiada y no debería hacerlo.

Quiero... Quiero... Quiero... ¿Qué coño es lo que realmente quiero?

Doy talleres de escritura. Observo a la gente escribir y experimentar las palabras. Los veo probar caminos y estilos —algunas veces artificiosos al principio— que luego dejar al descubierto detalles fabulosamente genuinos. Es otro de los regalos que me ha hecho la vida. Otro privilegio. Porque entiendo así la escritura, como un medio de volcar el miedo, la inseguridad, las miserias de cada día y las heroicidades invisibles. Pero también escribo para contradecirme, para desear, para probar a tener lo que no tengo y, de vez en cuando, para que duela.

Sanz, va más allá, ella se disecciona en cada página, abre sus tripas y nos las muestra. Por necesidad absoluta, pese al pudor y a la vergüenza, en  un intento de sanar sus zonas enfermas y extirpar la pus. Toda la pus. Y hay mierda, claro que sí, porque las mujeres estamos eternamente estreñidas,  pero también hay un ser humano que sufre y no sabe porqué.
Y entonces va y escribe.

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Mi clavícula
(María Morales)


El 18 de agosto estamos invitados a una boda en la Sierra de Huelva y al preparar la maleta caigo en la cuenta de que no me baja la regla desde el 8 de julio. Lo recuerdo bien porque entonces me bajó en mitad de otro fin de semana fuera de casa y lo pasé regular. César no se asusta por la noticia ¿Por qué tendría que asustarme?, dice, y le resta importancia, me calma. Hace calor, estoy estresada, seguro que no es nada. Para mi tranquilidad, se ofrece a comprar en la farmacia un test de embarazo pero, uno: me cuesta aceptar la idea de estar embarazada, y dos: sé que si lo hace, en tres días todo el pueblo sabrá la noticia. Le digo que esperaré, que tampoco tengo síntomas salvo el cansancio. Me quedo dormida por los rincones pero también eso puedo achacárselo al calor y al estrés. Así que lleno la maleta —y el pequeño bolso que llevaré a juego con el vestido— de compresas, tampones e ibuprofenos. Treinta años menstruando y aún siento el mismo pánico a mancharme que cuando iba al instituto. De todas formas, esta vez la regla no me bajará durante la hora y media que dura la ceremonia en la iglesia, ni me bajará en la plaza de toros en la que se sirve el banquete. Imagino allí mismo un festejo con el animal herido y sangrando mientras la gente grita entusiasmada. También imagino, en contraposición, mi sangre manchando el vestido amarillo, el cuchicheo, las miradas maliciosas y las risas apagadas mientras algún alma caritativa, siempre de mujer, me presta una chaqueta con la que cubrir y tapar mi falta. Este mundo es inhumano. Procuro no pensar en ello mientras van pasando los días. Otra semana más. Cuando supe que estaba embarazada por primera vez, lo estaba de casi dos meses. Aunque ahora no siento nauseas, como las sentí entonces, solo tengo sueño y ganas de llorar. Cuarenta y tres años, casi cuarenta y cuatro, y soplaré las velas cansada, enfadada y rabiosa. Leo un libro. A la protagonista le duele algo pero no sabe qué. La menopausia. Es eso. Mi cuerpo, piel, pelo y hormonas están mutando. Mis óvulos se agotan, como mi vida de bolsos cargados de compresas, tampones y analgésicos. No creo que quiera tener más hijos —ni hijas—, pero siento la pena profunda e inenarrable de esa no-posibilidad. Llegan el día 26, el 27 y el 28 sin novedades. César me abraza por las noches y me mira con ternura. Aguarda paciente y es capaz de transmirlo. No podría quererlo más pero no se lo demuestro. El día 31 tenemos la casa llena de gente, casi todos los chicos están con nosotros. El hostel HM, lo llamamos, por Hernández y Morales. Es divertido observarlos, cabría uno más y a todos les haría gracia. Decido que me haré el predictor para salir de dudas.El sábado, día 1 de septiembre, cuando terminamos de almorzar y me levanto de la silla para ayudar a recoger la mesa, mi hijo señala algo en mi vestido, esta vez de color blanco: ¡Mamá! 
La brillante mancha roja de mi falda anuncia que, al menos durante este mes, la vida me dará una prórroga. Como por arte de magia, vuelvo a ser yo, dolorida y serena. Dejo de llorar y sonrío. 

Comentarios

  1. Muy interesante. Me compré el libro. Me encanta tu relato de la boda y lo del predíctor

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  2. Leí el libro para un club de lectura en Casa tomada. Aunque seguro que una mujer se identificará aún más, me puse fácilmente en la piel de la autora, que reconoce que estaba tensa, antipática, que era injusta a veces con quiénes la querían pero a la vez uno se identifica con ese dolor desesperante e inconcreto que nadie entiende. Ese no aguantarse ni a uno mismo.
    Tú reseña otra vez es magnífica, digna de la mejor revista literaria. Se nota que además de gustarte el libro te has visto reflejada. Aquello de "eso, eso es lo que me pasa a mi, pero tú lo has dicho mejor"
    Por otra parte, tu historia en la sierra de Huelva, no desentona nada con la de Marta. Al igual que ella, sincera, amena, ágil...
    Que escribes muy bien, tía

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